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Sanamos en la relación. Esto es lo que verdaderamente sucede en un proceso terapéutico y lo que más cuesta de comprender.

Se llega a terapia buscando un maletín de herramientas y se sale sintiendo que no eran tan necesarias puesto que lo que era verdaderamente necesario era volver a conectar contigo mismo.

Esto puede sonar a lo que está de moda, pero te invito a que leas el artículo para comprender porque va más allá de eso.

Cuando una persona llega a terapia lo hace porque siente malestar en mayor o menor medida.

Lo primero que desea es que la angustia con la que llega se reduzca o desaparezca. Y la verdad que es lo primero que se nota. A menudo, que no quiere decir siempre, en un par de meses se ha reducido.

Hay personas que al sentir que su angustia no está, creen que el problema por el cual llegaron a terapia ha desaparecido. Otro segundo grupo, agradece que la angustia ya no esté y, paralelamente, saben que sólo se ha tratado el síntoma pero que aún hay trabajo por hacer.

En el transcurso del proceso una de las grandes enemigas es la impaciencia: queremos que todo sea ya, rápido, que me den la pócima mágica que me ayude a sanar.

El segundo gran enemigo es la necesidad de control. Querer controlar qué está haciendo mi terapeuta para que me sienta mejor, ¿brujería? Hay una mezcla entre control y cierta desconfianza porque el proceso terapéutico no es una fórmula matemática que puedas comprender cognitivamente. Y, curiosamente, cuando ya has pasado por ahí lo comprendes con tanta naturalidad que asombra.

Hay algo que mueve de manera orgánica los procesos. Cuando desarrollas cierto tipo de mirada sumada a la experiencia de haberlo vivido, sabes que el proceso es un ser vivo que va moviéndose y avanzando a su manera. Como si pudieras comparar tu proceso con el crecimiento de una planta: no es lineal y depende de muchos factores.

La Terapia Gestalt es una terapia humanista y esto quiere decir que está centrada en la persona, su proceso y en lo relacional.

Llegando al epicentro del artículo, es importante comprender por qué este tipo de terapia se centra en la persona y en lo relacional.

En la persona porque ésta debe ser el centro de su proceso comprendiendo su mundo, sus orígenes, sus deseos y anhelos… No somos una calcomanía.

Por otro lado, se centra en lo relacional puesto que es aquello que está dañado. Está dañada la relación con nostros mismos y con las demás personas.

LA RELACIÓN CON NOSOTROS MISMOS

Somos como un taburete porque tenemos tres patas o centros: el cognitivo, el emocional y el corporal. Sin embargo, vivimos centrando la atención en una de las tres patas. Habitualmente, la pata ganadora suele ser nuestra parte cognitiva.

Esto no es positivo por varias razones. Una razón es que además de tener una mente, también tenemos otras partes de nosotros que son importantes y que nos pueden dar información sobre nosotros. El hecho es que se desvaloriza y se le da todo el poder a lo que la mente a través de sus creencias y manera sesgada de ver el mundo, nos hace creer.

¿Quién nos ha dicho que las emociones y el cuerpo no son de fiar?

¿Quién nos ha dicho que la única de fiar es nuestra mente?

La realidad es que las tres patas pueden tener sesgo. Es decir, que vemos la realidad tal y como creemos que es, tal y como hemos aprendido a verla. Lo cual no significa que sea así 100%.

Conforme vamos construyendo nuestra manera de ver la realidad, vamos poniendo más atención a unas partes de nosotros que a otras. Y así poco a poco, nos olvidamos del lenguaje de nuestra integralidad.

Es por esto, que lo que atraviesa todo proceso de terapia es que puedas recuperar la conexión contigo mismo, que vuelvas a comprenderte en tu totalidad y que eso te de una coherencia interna que favorezca el recuperar tu bienestar y el sentimiento de sostén interno.

LA FIGURA DEL TERAPEUTA

Nos construimos en base al otro, a lo externo. Necesitamos referenciarnos.

Es desde aquí, que la figura del terapeuta es muy importante puesto que ofrece un espacio seguro donde ir reconectando con uno mismo.

El terapeuta te devuelve cuando ve que el cómo ves el mundo te está limitando y haciendo daño. Te confronta cuando a través de tus resistencias estás queriendo seguir funcionando igual y hasta hace nada estabas diciendo que eso te hacía daño.

Es importante poderte devolver los entresijos de tu carácter, ese que te aleja de ti y de tu bienestar.

No es un papel agradable en todas las ocasiones, porque a veces toca decir aquello que la persona no quiere escuchar, pero que es necesario para el crecimiento y la evolución.

En resumen, la función del terapeuta es devolverte aquello que no ves y aquello que te está haciendo liarte cada vez más.

Es por eso que sanamos en la relación porque, ¿cómo si no, íbamos a darnos cuenta del charco dónde estamos metidos si para nosotros es lo normal?

¿POR QUÉ ME SIENTO BIEN CUANDO VOY A TERAPIA?

Parece una pregunta con respuesta obvia pero a veces no lo es tanto. Las personas a las que acompaño a menudo me dicen, Ana, me encuentro mejor, estoy más tranquila, pero no entiendo por qué.

Es curioso cómo a pesar de sentirse mejor necesitan tener el control de lo que está pasando.

Y la verdad que lo entiendo. Todo el mundo quiere saber qué está cambiando en ella o él para sentirse mejor, ¿verdad?

Hay varias razones por las cuales puede estar apareciendo este bienestar que a la vez inquieta porque no es controlado:

  • Tengo un espacio donde compartir mi mundo interno y no ser juzgado o juzgada.
  • Hay una persona que toda su atención está puesta en mí. Soy importante para alguien.
  • Se valida mi mundo interno (todo lo contrario de lo que se hace normalmente con una misma, ¿cierto?).
  • Dar espacio a lo que hay sin necesidad de cambiarlo y esto curiosamente puede dar espacio a que sea distinto.
  • Me veo a mí misma a través del feedback terapéutico.
  • Me ayuda a escuchar otras partes de mí a las que no presto tanta atención.
  • Y un largo etcétera.

Fíjate que todo esto lo que aporta es empezar a descansar. Dejar de batallar con aquello que sientes y piensas y desde ahí poder ir hacía una actitud más amorosa y respetuosa contigo.

Y es desde ese lugar de aceptación y tranquilidad que podemos hacer cambios. No vas a poder cambiar nada si estás batallando con ello.

Este es el primer paso.

Una vez una acepta lo que está viviendo y deja el hacha de guerra, viene el dolor y la tristeza.

Es inevitable entrar en contacto con lo doloroso puesto que llevamos mucho tiempo tratándonos mal y evitando mirar lo que hay.

Y sentir este dolor es sanador. Y a pesar del miedo generalizado que hay a quedarse en él, no es así.

Cuando hay una herida y está curándose, escuece e incluso duele, pero está sanando.

Este es el proceso natural y a la vez nos asusta mucho. Hemos olvidado lo orgánico y desconfiamos de ello.

La figura del terapeuta está ahí también para recordarte que puedes volver a confiar en lo orgánico, en tu sabiduría interna.

Por eso sanamos en la relación.